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Totó la Momposina: se fue la voz que le enseñó al mundo cómo suena el Caribe

El Medio
  • mayo 19, 2026
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Totó la Momposina: se fue la voz que le enseñó al mundo cómo suena el Caribe

Sonia Bazanta Vides no solo cantaba la tradición. La cargaba. La defendía. La convertía en un acto político de identidad, de resistencia y de amor por lo propio.

Por Laura Muñoz

Hay voces que no se aprenden. Se heredan. Se llevan en la sangre, en el ritmo del río, en el primer tambor que uno escucha sin saber todavía que eso que siente es identidad. Sonia Bazanta Vides nació en esa orilla. Y durante más de seis décadas, su voz fue el hilo más vivo que conectó la memoria del Caribe colombiano con el resto del mundo.

El domingo 17 de mayo, en Celaya, México, Totó la Momposina cerró los ojos. Sus hijos Marco Vinicio, Angélica María y Eurídice Salomé Oyaga Bazanta anunciaron su fallecimiento por infarto al miocardio. Se fue con 85 años y una obra que no cabe en ningún catálogo.

«Llevo mi tierra en mi voz», decía ella. Y no era una metáfora. Era una declaración de principios.

Nacida en 1940 en Talaigua Nuevo, Bolívar, en ese Caribe profundo donde la música no se estudia sino que se respira desde la cuna, Totó creció entre bullerengues, porros, mapalés y cumbias que sus ancestros habían preservado con una tenacidad casi sagrada. Entendió desde niña que ella era depositaria de algo mucho más grande que un talento individual: era guardiana de una memoria colectiva que el mundo moderno amenazaba con borrar. Y decidió que eso no iba a pasar.

Su carrera no fue la de una artista que sigue tendencias. Fue la de una mujer que va contracorriente con una dignidad absoluta. Mientras Colombia buscaba encajar en los moldes de lo cosmopolita, ella salía al mundo con su vestido de colores, su pañoleta roja y sus músicos, a demostrar que lo más universal que tenemos es precisamente lo más profundamente nuestro.

Europa la recibió con los brazos abiertos mucho antes de que Colombia entendiera del todo lo que tenía. Tocó en los festivales más importantes del continente. Compartió escenario con figuras de la talla de Peter Gabriel. Grabó para sellos discográficos internacionales. Y en cada esquina del planeta donde puso los pies, hizo lo mismo: cantar el Caribe, nombrarlo, hacerlo visible.

No fue embajadora por decreto. Fue embajadora por convicción, por raíz, por un amor irreductible a lo que somos.

Su legado no es solo musical. Es cultural, es político, es profundamente humano. Totó demostró algo que en este país todavía cuesta aceptar: que la tradición no es un museo. Que el folclor no es folklore de tarjeta postal. Que la cumbia, el porro, el bullerengue son expresiones de una civilización compleja, rica, digna de los escenarios más exigentes del mundo. Y que una mujer negra, caribeña, del Magdalena, podía pararse en cualquier sala de conciertos de Europa y hacer que todos sintieran que estaban en casa.

Eso no es un logro artístico solamente. Eso es un acto político. Un acto de amor.

Para quienes crecimos en el Caribe colombiano, Totó no era solo una figura de la música. Era un espejo. La confirmación de que lo que traemos adentro tiene valor, que nuestra forma de habitar el mundo merece ser contada, que el Caribe no es periferia: es centro, es origen, es raíz.

Ella nos enseñó a no avergonzarnos de lo que somos. Y eso, en una sociedad que durante décadas jerarquizó culturas y borró memorias, fue también una forma de resistir.

La música que ella sembró no tiene funeral. Esa sigue.

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