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Opinión Política

Lo efímero del voto y lo eterno del relato: el verdadero peligro en la campaña colombiana

El Medio
  • junio 17, 2026
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Lo efímero del voto y lo eterno del relato: el verdadero peligro en la campaña colombiana

Por Laura Muñoz López

Las campañas presidenciales en Colombia suelen parecerse a huracanes de corto alcance: ruidosas, caóticas y, por encima de todo, transitorias. En pocos meses, las plazas públicas se vacían, las vallas publicitarias se descolorean bajo el sol y el país elige a un nuevo mandatario. Sin embargo, reducir la contienda electoral a un simple conteo de votos es un error de miopía histórica. La verdadera batalla que se libra hoy en las redes, las pantallas y las conversaciones cotidianas no es por los próximos cuatro años de gobierno, sino por las próximas décadas de nuestra identidad cultural y política.

Existe una máxima que hoy cobra más vigencia que nunca: la coyuntura de esta campaña es transitoria, pero los marcos conceptuales y la desinformación que dejemos pasar se quedarán instalados en el imaginario colectivo por generaciones.

El peligro de los marcos deformados

Cuando aceptamos pasivamente que el debate público se reduzca a binarismos absolutos —donde el contendor político no es un legítimo contradictor con ideas distintas, sino un «enemigo mortal» que busca la destrucción del país— estamos validando un marco conceptual del que es casi imposible escapar.

La desinformación contemporánea ya no se limita a la mentira burda o al dato falso fácilmente verificable. Su estrategia más letal es la creación de narrativas invisibles. Si durante meses se bombardea al electorado con la idea de que las instituciones democráticas están completamente viciadas, que la justicia siempre es parcializada o que ciertos sectores sociales son inherentemente criminales, el daño sobrevive al candidato de turno. El político que utilizó esa mentira para ganar votos eventualmente dejará el poder, pero el ciudadano que aprendió a desconfiar del sistema y de su vecino permanecerá ahí, erosionando el tejido social desde adentro.

«Una mentira electoral puede durar semanas, pero el cinismo democrático que genera se hereda por generaciones.»

La pedagogía del canibalismo político

El gran riesgo del ecosistema digital actual es que premia la estridencia sobre la sustancia. En la urgencia de ganar el clic y el voto emocional, se normalizan discursos que validan la exclusión. Cuando la desinformación logra instaurar la idea de que «el fin justifica los medios» o que «la verdad es relativa según el color político», se altera la estructura cognitiva de la sociedad.

Los jóvenes que hoy presencian esta campaña están absorbiendo sus reglas de juego. Si les enseñamos que la política es un ejercicio de demolición del otro mediante la falsedad y la manipulación psicológica, no deberíamos sorprendernos cuando, en veinte o treinta años, la intolerancia sea la única herramienta disponible en el debate público colombiano.

El llamado a la responsabilidad colectiva

La responsabilidad de frenar esta deriva no recae únicamente en los candidatos, de quienes ya conocemos los incentivos para rozar el límite de la ética con tal de ganar. La responsabilidad principal es de la sociedad civil, la academia, los medios de comunicación y, fundamentalmente, de cada ciudadano con un teléfono inteligente en la mano.

No podemos seguir tratando la desinformación como un pecado menor de la efervescencia electoral. Cada vez que compartimos un dato no verificado porque «beneficia a mi candidato» o porque «perjudica al que odio», estamos firmando un pagaré que la democracia colombiana tendrá que pagar con intereses muy altos.

Pasadas las elecciones, el mapa político se reconfigurará y el día a día volverá a su curso. Pero las cicatrices en la verdad, y los marcos conceptuales del miedo y el odio, quedarán sembrados en la mente de nuestros hijos. Vigilar la pureza del debate de hoy no es un acto de purismo ético: es el único mecanismo de defensa que tenemos para que el futuro de Colombia no termine siendo gobernado por los fantasmas y las mentiras del presente.

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